
Por perspectiva internacional
23 de enero de 2026
El suicidio geopolítico de Estados Unidos
El Foro Económico Mundial de Davos volvió a ser una vidriera del poder global, pero esta vez también funcionó como un espejo incómodo para Estados Unidos. La imagen fue elocuente: Donald Trump presentó su “nuevo proyecto diplomático” flanqueado por una veintena de líderes, entre los que no figuraba ninguno de los grandes aliados tradicionales de Washington ni representantes de las principales democracias avanzadas. En su lugar, lo acompañaron figuras como Javier Milei, Viktor Orbán y mandatarios de países periféricos o autoritarios.
El costo global del trumpismo: aliados distantes y rivales en ascenso
Más allá del anecdotario, la escena condensó una tendencia profunda: el deterioro acelerado de la posición internacional de Estados Unidos bajo la política exterior de Trump. La potencia que construyó la red de alianzas más influyente de la historia parece hoy dispuesta a dinamitarla en nombre de una diplomacia basada en la humillación, el unilateralismo y la lógica transaccional.
De socios a escépticos: el distanciamiento entre Washington y Europa
El distanciamiento con aliados históricos quedó expuesto sin rodeos. Canadá y Francia marcaron un rechazo explícito a la deriva trumpista. El primer ministro canadiense, Mark Carney, llamó a construir “redes de resistencia” frente a la política de la fuerza bruta, mientras que Emmanuel Macron contrapuso “el respeto a los abusones” y “la ciencia al conspiracionismo”. Trump respondió con críticas y descalificaciones, lo que solo profundizó la grieta transatlántica.
Acelerado retroceso de EEUU
Incluso dentro de Europa, donde no existe un frente unificado contra Washington, la amenaza de Trump sobre Groenlandia generó una reacción firme. La presión diplomática, la inquietud de los mercados y la incomodidad de sectores republicanos lograron que el presidente estadounidense diera marcha atrás con la opción militar y retirara la amenaza arancelaria. Un repliegue táctico que no disipa la percepción de imprevisibilidad.
La grieta atlántica: Trump dinamita la red de alianzas de EE. UU.
El malestar se filtró también en los pasillos de Davos. Según Financial Times y Reuters, una cena de trabajo terminó en abucheos tras un ataque verbal del secretario de Comercio estadounidense, Howard Lutnick, contra los europeos. La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, abandonó la sala en señal de protesta. La escena reflejó el nivel de tensión alcanzado entre socios históricos.
El repliegue de EE. UU. y la oportunidad para China
En paralelo, China avanza en el espacio que Estados Unidos deja vacante. Pekín insiste en presentarse como un actor responsable y defensor del multilateralismo y el libre comercio. Aunque sus contradicciones son evidentes —desde el incumplimiento del derecho internacional hasta el uso de subsidios masivos—, muchos países empiezan a verla como una alternativa más previsible frente a la arrogancia y volatilidad de Washington.
El vacío que deja Washington y el avance silencioso de Pekín
El desplazamiento no es solo geopolítico: también se proyecta en el plano tecnológico. La desconfianza hacia Trump y la cercanía de grandes empresas estadounidenses con el movimiento MAGA podrían favorecer a firmas chinas en sectores estratégicos como la inteligencia artificial. Plataformas abiertas impulsadas por Pekín compiten con los modelos cerrados de Silicon Valley, mientras figuras como Elon Musk o Peter Thiel generan inquietud por su peso político y sus vínculos con el aparato de seguridad estadounidense.
Menos aliados, más rivales: el nuevo tablero global tras Davos
Europa, por su parte, empieza a asumir que ya no puede depender ciegamente del paraguas estadounidense. El canciller alemán, Friedrich Merz, defendió mantener la OTAN, pero dejó en claro la necesidad de construir una mayor autonomía estratégica europea y reforzar las capacidades militares del continente dentro de marcos cooperativos.
Davos confirma que el trumpismo sale caro
En el trasfondo, como señaló Mark Carney, aparece una advertencia clásica de la historia: una potencia hegemónica que busca extraer ventajas de manera abusiva corre el riesgo de acelerar su propio declive. Los demás actores, si no quedan totalmente subordinados, tienden a reorganizarse, diversificar dependencias y volverse más resistentes.
La diplomacia del aplauso tibio
Davos dejó una postal simbólica: el discurso de Trump cerró con un aplauso tibio; el de Carney, con una ovación de pie. No es una prueba definitiva del ocaso estadounidense, pero sí un indicio inquietante. La superpotencia que dominó el orden liberal internacional hoy parece dispuesta a regalar influencia, prestigio y liderazgo. Y en geopolítica, esos vacíos rara vez quedan sin ocupar.


