Por Perspectiva Internacional

Caracas, 3 de setiembre de 2026
El acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela marca un giro estratégico de enorme magnitud. Detrás de las promesas de inversión y recuperación económica aparece una nueva relación de poder en la que el petróleo vuelve a ocupar el centro de la política exterior estadounidense.
Durante años, la relación entre Estados Unidos y Venezuela estuvo definida por las sanciones, la confrontación política y el aislamiento internacional del chavismo. Hoy, el escenario parece haber cambiado radicalmente.
El acuerdo petrolero anunciado entre Washington y Caracas constituye mucho más que una operación económica. Representa un profundo reordenamiento de las relaciones entre ambos países y puede convertirse en uno de los movimientos geopolíticos más significativos de América Latina en los próximos años.
Washington vuelve a Venezuela por el petróleo
El pacto contempla la explotación estadounidense de 17 campos petroleros venezolanos, asociados a reservas probadas estimadas en unos 65.000 millones de barriles, aproximadamente el 22% de las reservas totales del país según las cifras citadas en el acuerdo. También se han anunciado inversiones cercanas a los 100.000 millones de dólares, mientras que el Estado venezolano podría recibir unos 209.000 millones en regalías e impuestos durante los primeros 25 años.
La magnitud de estas cifras explica por sí sola el interés estratégico de Washington.
Del enfrentamiento ideológico al pragmatismo petrolero
La paradoja es evidente.
Durante años, Estados Unidos convirtió la presión sobre el gobierno venezolano en uno de los ejes de su política latinoamericana. Ahora, Washington negocia directamente con las autoridades de Venezuela y participa de un esquema que puede otorgarle una influencia decisiva sobre una parte sustancial de la producción petrolera venezolana.
El viejo discurso del enfrentamiento ideológico parece haber sido desplazado por una lógica mucho más pragmática: energía, inversiones, seguridad de abastecimiento y control geopolítico.
Para Venezuela es una operación compleja
Para Venezuela, la ecuación también es compleja. Un país que posee las mayores reservas petroleras del mundo pero que durante años sufrió una profunda crisis productiva necesita desesperadamente capital, tecnología y mercados.
Desde esa perspectiva, el acuerdo ofrece una posibilidad concreta de recuperación.
Pero precisamente allí aparece la principal controversia: ¿se trata de una inversión extranjera destinada a recuperar la industria venezolana o de una transferencia de control estratégico sobre una parte sustancial de sus recursos?
Un acuerdo rodeado de interrogantes
Uno de los aspectos más controvertidos es la duración de los derechos otorgados.
Por cuanto tiempo es la cesión
Mientras las autoridades venezolanas hablan de una cesión preferencial por 25 años, desde Washington se ha mencionado un período de hasta 100 años. Esa diferencia no es un detalle administrativo: puede modificar completamente la naturaleza económica y estratégica del acuerdo.
A ello se suma el papel de North American Blue Energy Partners (NABEP), la estructura empresarial encargada de la explotación de los campos.
Venezuela ante una nueva dependencia: petróleo, Washington y poder
Según la información publicada, el Gobierno estadounidense tendría una participación accionaria del 35% en la matriz de NABEP, además de mecanismos destinados a garantizarle una parte de la producción y derechos preferenciales sobre el resto. La composición de su dirección también otorgaría a Washington una influencia considerable.
Es aquí donde el acuerdo deja de parecer exclusivamente petrolero y adquiere una dimensión claramente geopolítica.
El regreso de la lógica de la influencia
La política energética estadounidense nunca puede separarse completamente de su política exterior.
El crudo venezolano posee una característica particularmente importante: se trata de petróleo pesado, adecuado para las refinerías del Golfo de México. Por ello, incrementar el acceso estadounidense al petróleo venezolano no solamente significa sumar reservas; también supone garantizar una fuente cercana de abastecimiento y reducir determinados riesgos derivados de la inestabilidad energética internacional.
Existe otro componente
Durante los últimos años, China y Rusia incrementaron su presencia económica y estratégica en Venezuela. El nuevo desembarco estadounidense puede interpretarse, por lo tanto, como un intento de recuperar posiciones en un territorio considerado históricamente dentro de la esfera de influencia de Washington.
La propia información difundida sobre el acuerdo vincula la operación con la intención de reducir la influencia china y rusa y con una reinterpretación de la denominada Doctrina Monroe.
El petróleo venezolano vuelve así a formar parte de una disputa mucho mayor: la competencia por la influencia en América Latina.
El factor Alejandro Betancourt
Otro elemento que genera controversia es la figura empresarial que aparece detrás de NABEP: Alejandro Betancourt.
El empresario venezolano, vinculado anteriormente al chavismo y posteriormente relacionado con sectores próximos a Washington, se encuentra rodeado de controversias judiciales y políticas. Ha sido investigado en distintos países, aunque no ha sido formalmente acusado y niega cualquier irregularidad.
Su protagonismo introduce una dimensión adicional en el acuerdo
El hecho de que un empresario venezolano con vínculos tanto con sectores del antiguo poder chavista como con actores de la oposición y con la actual administración estadounidense ocupe una posición central en una operación de semejante magnitud plantea interrogantes sobre quiénes serán realmente los beneficiarios de la nueva arquitectura petrolera venezolana.
No es un aspecto menor
En una economía donde el petróleo representa mucho más que una mercancía —es también una fuente de poder político—, la estructura de propiedad y de control de los nuevos negocios será tan importante como el volumen de las inversiones.
La paradoja política
Quizás la mayor contradicción del acuerdo sea política.
Washington continúa afirmando que pretende favorecer una transición democrática en Venezuela, pero al mismo tiempo profundiza su relación económica con el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez.
Esta situación genera incomodidad tanto dentro de la oposición venezolana como en sectores del propio chavismo.
Cual sera la política de la oposición
La oposición enfrenta un dilema particularmente difícil: cuestionar el acuerdo puede significar enfrentarse a Estados Unidos, mientras que apoyarlo puede implicar legitimar una estructura política que durante años ha denunciado.
El gobierno Venezolano, por su parte, puede presentar el acuerdo como una victoria pragmática: Estados Unidos, después de años de sanciones y presión, termina aceptando negociar con Caracas.
Pero la verdadera pregunta es quién obtiene mayor ventaja estratégica.
Chevron y la nueva carrera por el petróleo venezolano
El acuerdo no parece ser un hecho aislado.
La llegada de nuevas empresas petroleras y energéticas estadounidenses y extranjeras muestra que podría estar comenzando una nueva etapa de apertura del sector.
Entre los anuncios aparecen Chevron, Eni, GeoPark, Keo Capital, Primavera, Aspect Energy y GE Vernova, mientras Chevron proyecta invertir más de 7.000 millones de dólares para llevar la producción venezolana hasta aproximadamente 600.000 barriles diarios en cinco años.
Se concretaran las inversiones?
Si estas inversiones se concretan, Venezuela podría iniciar una recuperación significativa de su capacidad productiva., pero analistas dudan en que las afirmaciones Trum se concreten, no seria la primera vez.
Y eso tendría consecuencias que exceden ampliamente sus fronteras.
Un incremento importante de la producción venezolana podría modificar los flujos petroleros del hemisferio occidental, fortalecer la seguridad energética estadounidense y alterar la posición de Venezuela dentro del mercado internacional.
Una nueva Venezuela en el tablero internacional
El aspecto más importante del acuerdo, por lo tanto, no es solamente cuánto petróleo producirá Venezuela.
La cuestión central es quién controlará la producción, quién financiará la recuperación de la industria, quién tendrá acceso preferencial al crudo y qué influencia política obtendrá a cambio.
Venezuela podría estar entrando en una nueva etapa.
Durante los gobiernos de Chavez y Maduro, Caracas utilizó el petróleo como instrumento de autonomía frente a Washington y profundizó sus relaciones con China, Rusia e Irán. Ahora, el mismo recurso que permitió sostener esa política de autonomía puede convertirse en el instrumento de una nueva dependencia de Estados Unidos.
La ironía histórica es considerable.
El petróleo que durante décadas fue utilizado por Venezuela para desafiar la hegemonía estadounidense podría convertirse ahora en el principal puente de regreso de Washington a Venezuela.
El verdadero desafío: soberanía o recuperación
No sería prematuro afirmar que el acuerdo representa una pérdida de soberanía venezolana. Pero sería equivocado negar los potenciales beneficios de una inversión capaz de recuperar una industria petrolera devastada.
La realidad probablemente sea más compleja.
Venezuela necesita inversiones, tecnología y mercados. Estados Unidos necesita petróleo y quiere reducir la influencia de China y Rusia en el hemisferio. Ambas partes tienen intereses concretos que explican el acercamiento.
Pero una cuestión permanecerá abierta: si Venezuela recupera su producción petrolera sin recuperar simultáneamente capacidad institucional y autonomía estratégica, la riqueza del subsuelo puede convertirse en una fuente de dependencia en lugar de desarrollo.
El acuerdo entre Washington y Caracas puede ser, entonces, el comienzo de una recuperación económica.
O puede ser el comienzo de una nueva era de influencia estadounidense sobre Venezuela.
Del antiimperialismo a la alianza petrolera: el nuevo pacto entre Washington y Caracas
La diferencia entre ambos escenarios dependerá menos de los barriles producidos que de quién tenga la capacidad efectiva de decidir sobre ellos.
Y allí estará, probablemente, la verdadera batalla geopolítica venezolana de los próximos años.



