
Por Perspectiva Internacional
Washington, 14 de agosto de 2026
Washington vuelve a mirar al sur: seguridad, narcotráfico y una renovada doctrina de intervención
La Administración de Donald Trump está redefiniendo su relación con América Latina a partir de una premisa cada vez más explícita: Washington pretende recuperar una posición de predominio estratégico en el Hemisferio Occidental. La advertencia de que una intervención militar en Cuba no está descartada y la autorización del nuevo Gobierno colombiano para realizar operaciones conjuntas con tropas estadounidenses marcan un nuevo capítulo de una política que combina presión diplomática, cooperación militar y acciones directas contra organizaciones vinculadas al narcotráfico.
Estados Unidos endurece su estrategia y militariza su relación con América Latina
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, fue contundente durante su reciente visita a Panamá: “todas las opciones, incluidas las militares, están sobre la mesa” respecto de Cuba. Al mismo tiempo, anunció que Colombia permitirá operaciones militares conjuntas destinadas a combatir organizaciones calificadas por Washington como terroristas.
No se trata de hechos aislados. Forman parte de una estrategia regional que busca recuperar para Estados Unidos una centralidad que durante las últimas décadas había comenzado a ser disputada por China, Rusia y otros actores internacionales.
El regreso de la doctrina Monroe
La actual política latinoamericana de Trump tiene una referencia histórica inequívoca: la doctrina Monroe. La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense plantea explícitamente el objetivo de “restablecer su preeminencia” en el Hemisferio Occidental y recuperar una mayor presencia militar en la región.
La denominada doctrina Donroe —una combinación de Donald Trump y Monroe— representa, en definitiva, una actualización del viejo principio de que América Latina constituye un espacio de interés estratégico privilegiado para Estados Unidos.
La nueva doctrina Monroe y el desafío de la autonomía latinoamericana
La diferencia con otras etapas históricas está en los instrumentos utilizados. Washington ya no depende exclusivamente de intervenciones militares tradicionales. El menú es mucho más amplio: presión económica, sanciones, cooperación policial, inteligencia, alianzas con gobiernos afines, operaciones militares conjuntas y, cuando lo considera necesario, empleo directo de la fuerza.
El resultado es una política de control y disciplinamiento regional que vuelve a colocar la seguridad por encima de otros componentes de la relación hemisférica.
Colombia: de la confrontación con Petro a la cooperación militar
Colombia constituye uno de los ejemplos más significativos de este giro.
Durante el Gobierno de Gustavo Petro, Washington y Bogotá protagonizaron fuertes diferencias. La llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia, en cambio, abre una etapa de estrecha cooperación con la Casa Blanca.
Colombia incorporación al Escudo de las Américas
El nuevo Gobierno colombiano autorizó la participación estadounidense en operaciones militares contra organizaciones vinculadas al narcotráfico y anunció además su incorporación al Escudo de las Américas, una coalición impulsada por Trump que reúne a países dispuestos a profundizar la cooperación regional contra las organizaciones criminales.
La novedad no reside solamente en una mayor colaboración policial o en el intercambio de inteligencia. Lo verdaderamente significativo es que las operaciones militares estadounidenses puedan desarrollarse directamente en territorio colombiano.
Colombia central en estrategia de seguridad hemisférica
Colombia, históricamente uno de los principales aliados de Washington en América del Sur, vuelve así a ocupar un lugar central en la estrategia de seguridad hemisférica estadounidense.
Cuba y el regreso de la amenaza de intervención
El caso cubano es todavía más delicado.
Las declaraciones de Hegseth recuperan un lenguaje que parecía relegado a otra época: la posibilidad de una intervención militar estadounidense contra la isla.
El secretario de Defensa sostuvo que todas las opciones están abiertas y reclamó al Gobierno cubano que preste atención a la voluntad de Trump de hacer valer lo que Washington considera sus prerrogativas estratégicas.
Una amenaza que modifica el escenario político regional
Más allá de que una intervención llegue finalmente a concretarse, la amenaza modifica el escenario político regional. La utilización explícita de la posibilidad militar como instrumento de presión convierte nuevamente a Cuba en uno de los principales focos de confrontación entre Estados Unidos y América Latina.
Además, como advierten especialistas citados en la información, una eventual intervención podría desencadenar consecuencias difíciles de controlar, entre ellas una crisis humanitaria y una nueva ola migratoria hacia Estados Unidos.
México: el límite que Washington todavía no consigue atravesar
La situación es diferente con México.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha rechazado sistemáticamente cualquier posibilidad de que tropas estadounidenses ingresen al territorio mexicano para combatir a los carteles de la droga. Su Gobierno sostiene que existe espacio para la cooperación en materia de inteligencia y seguridad, pero que esta cooperación no puede implicar una cesión de soberanía.
El principal límite político a la estrategia intervencionista
La posición mexicana adquiere una importancia particular porque México es, simultáneamente, el principal socio comercial de Estados Unidos en la región y uno de los países donde la cuestión del narcotráfico ocupa un lugar central en la agenda de seguridad estadounidense.
Trump, sin embargo, ha mantenido abierta la posibilidad de recurrir a la fuerza para detener el tráfico de drogas y fentanilo. La Casa Blanca considera insuficientes las medidas adoptadas por México y ha elevado progresivamente la presión sobre el Gobierno de Sheinbaum.
México aparece así como el principal límite político a la estrategia intervencionista de Washington.
Sheinbaum enfrenta una situación particularmente compleja: necesita preservar la cooperación con Estados Unidos en seguridad y comercio, pero al mismo tiempo debe evitar que esa cooperación se transforme en una subordinación estratégica.
Centroamérica: cooperación bajo presión
Al sur de México el escenario es diferente.
Los gobiernos centroamericanos han mostrado una rápida adaptación a la política de seguridad impulsada por Trump. Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Panamá han profundizado distintos mecanismos de cooperación con Washington.
Temor a que Estados Unidos amplíe sus operaciones militares
La situación refleja una combinación de afinidad ideológica, intereses políticos y temor frente a la posibilidad de que Estados Unidos amplíe sus operaciones militares.
El Salvador
El Salvador de Nayib Bukele se ha convertido en uno de los principales aliados de Washington en materia de seguridad. Honduras, bajo el Gobierno de Nasry Asfura, también ha reforzado su alineamiento con Estados Unidos, mientras Guatemala ha solicitado una mayor cooperación estadounidense en capacitación, inteligencia y operaciones contra el narcotráfico.
Panamá
Panamá ocupa un lugar especialmente sensible debido al Canal. La relación con Washington está atravesada por las reiteradas declaraciones de Trump sobre la necesidad de recuperar un mayor control estadounidense sobre esa infraestructura estratégica.
El Gobierno panameño, pese a esas tensiones, mantiene una estrecha cooperación con Estados Unidos en materia de seguridad y lucha contra el narcotráfico.
La lucha contra el narcotráfico como nuevo instrumento geopolítico
Uno de los elementos centrales de esta nueva política es la transformación de la lucha contra el narcotráfico en un asunto de seguridad nacional estadounidense.
La Casa Blanca ha equiparado a los principales carteles latinoamericanos con organizaciones terroristas internacionales como ISIS o Al Qaeda. Esta caracterización permite elevar el conflicto desde el terreno policial al militar.
La consecuencia es profunda: una problemática que tradicionalmente correspondía a las fuerzas de seguridad nacionales puede pasar a ser considerada una amenaza susceptible de recibir una respuesta militar estadounidense.
Más de 200 muertes por ataques a embarcaciones
Los ataques contra embarcaciones sospechosas de transportar drogas en el Caribe y el Pacífico constituyen el ejemplo más extremo de esta transformación. Según la información analizada, esas operaciones han provocado ya más de 200 muertes y son calificadas por especialistas como ejecuciones extrajudiciales y actos unilaterales del uso de la fuerza.
¿Una nueva etapa de militarización hemisférica?
El fenómeno plantea una cuestión que excede ampliamente la política de Trump: ¿está América Latina entrando en una nueva etapa de militarización de sus relaciones con Estados Unidos?
La respuesta parece encaminada a ser afirmativa.
Washington está construyendo una arquitectura regional en la que la lucha contra el narcotráfico funciona como eje articulador de alianzas militares, intercambio de inteligencia y operaciones conjuntas.
Pero detrás de la cuestión de la seguridad aparece un objetivo geopolítico mucho más amplio: recuperar la capacidad estadounidense de definir las reglas del Hemisferio Occidental.
Trump vuelve a poner a América Latina bajo la sombra militar de Estados Unidos
En este escenario, la ideología parece incluso perder parte de su importancia. Estados Unidos puede colaborar con gobiernos de derecha, como los de Colombia o El Salvador, pero también busca condicionar a gobiernos de signo diferente mediante presión diplomática, económica o militar.
Como advierten los especialistas citados en la información, el fortalecimiento institucional y la defensa de los derechos humanos han perdido centralidad frente a una política basada en seguridad y combate al narcotráfico.
América Latina ante una nueva disputa de poder
La estrategia de Trump obliga a los países latinoamericanos a enfrentar un dilema que parecía haber perdido intensidad después de la Guerra Fría.
La región debe decidir hasta dónde está dispuesta a aceptar la recuperación de una lógica de tutela estadounidense y cuánto margen pretende conservar para desarrollar una política exterior autónoma.
México está marcando un límite. Colombia representa el caso contrario. Centroamérica parece inclinarse mayoritariamente por la cooperación. Cuba permanece bajo amenaza. Venezuela aparece condicionada por una relación de fuerte dependencia respecto de Washington.
Brasil
Brasil, por el momento, permanece fuera de la ofensiva militar estadounidense, aunque su peso económico y político lo convierte inevitablemente en un actor central del futuro equilibrio regional.
Para América del Sur, el desafío es todavía mayor. Una creciente presencia militar estadounidense puede alterar los equilibrios regionales y dificultar la construcción de mecanismos autónomos de cooperación en seguridad, defensa y lucha contra el crimen organizado.
El desafío de la autonomía latinoamericana
La cuestión fundamental ya no es solamente qué pretende hacer Donald Trump en América Latina. La pregunta decisiva es qué harán los países latinoamericanos frente a esa estrategia.
La lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado constituye un problema real que requiere cooperación internacional. Pero cooperación no debería significar subordinación, y mucho menos habilitar intervenciones militares que vulneren la soberanía de los Estados.
América Latina necesita fortalecer sus propios mecanismos de coordinación. La seguridad regional no puede quedar exclusivamente definida desde Washington.
La historia demuestra que las intervenciones externas rara vez producen estabilidad duradera. Por eso, el verdadero desafío para la región consiste en encontrar un equilibrio entre cooperación internacional y autonomía estratégica.
Entre la cooperación y la subordinación: el nuevo mapa de poder de Trump en América Latina
La nueva ofensiva de Washington vuelve a colocar sobre la mesa una discusión que América Latina conoce demasiado bien: si el Hemisferio Occidental debe ser un espacio de cooperación entre Estados soberanos o volver a convertirse en una esfera de influencia privilegiada de Estados Unidos.
La respuesta a esa pregunta definirá buena parte del mapa político latinoamericano de los próximos años.



