Perspectiva Internacional

Israel ante un posible cambio de era: el voto árabe se convierte en la llave para desplazar a Netanyahu

por Perspectiva Internacional

Jerusalen, 7 de noviembre de 2026

La nueva correlación de fuerzas parlamentarias coloca a los partidos árabes en el centro de la disputa por el poder en Israel. La decisión de respaldar al opositor Gadi Eisenkot revela una estrategia pragmática: terminar con el ciclo político de Netanyahu, aun cuando persistan profundas diferencias ideológicas sobre Palestina, la ocupación y el rumbo del Estado israelí.

La política israelí atraviesa uno de sus momentos más significativos de los últimos años. Después de las recientes elecciones parlamentarias, Benjamin Netanyahu enfrenta una posibilidad concreta de perder el poder, y el factor que puede inclinar definitivamente la balanza es precisamente uno de los sectores históricamente marginados de la vida política del país: la población árabe-israelí.

El resultado electoral modificó sustancialmente el equilibrio parlamentario. Las dos principales expresiones políticas árabes consiguieron en conjunto 19 de los 120 escaños de la Knéset, un resultado histórico que las transforma en protagonistas de cualquier negociación destinada a conformar un nuevo gobierno.

Yusef Yabarin

En ese escenario, la decisión de Yusef Yabarín, líder de la Lista Conjunta, de recomendar al opositor Gadi Eisenkot para recibir el mandato presidencial de formar gobierno constituye un movimiento político de enorme trascendencia. No se trata de una alianza ideológica ni de una coincidencia programática, sino de una decisión estratégica: impedir la continuidad de Netanyahu.

Israel ante un cambio histórico: los partidos árabes deciden el futuro del gobierno

Yabarín lo resumió con una expresión que refleja el pragmatismo de su decisión: apoyar a Eisenkot significa elegir «lo menos malo».

La frase sintetiza el dilema de la representación política árabe en Israel. Por primera vez en mucho tiempo, sus votos pueden resultar determinantes para modificar el rumbo del gobierno, pero hacerlo implica respaldar a dirigentes que mantienen posiciones conservadoras y que no necesariamente comparten sus demandas fundamentales.

El desgaste de Netanyahu y la nueva aritmética parlamentaria

El resultado electoral representa un revés político para Benjamin Netanyahu. Aunque su partido y sus aliados conservaron una presencia parlamentaria importante, el bloque oficialista quedó lejos de alcanzar la mayoría necesaria para garantizar la continuidad del gobierno.

La oposición, encabezada por Gadi Eisenkot, tiene ahora la oportunidad de construir una alternativa. Sin embargo, su principal dificultad es la heterogeneidad de las fuerzas que la integran.

En ese contexto, los 19 diputados árabes adquieren una relevancia que supera ampliamente su peso numérico. La recomendación de Yabarín, sumada al respaldo de otros sectores, puede permitir que Eisenkot reciba el encargo presidencial de formar gobierno este domingo.

Desplazar a Netanyahu, el primer paso de una transformación todavía incierta

Pero la operación política no está exenta de obstáculos. Algunos partidos de la oposición, particularmente los sectores más conservadores, rechazan cualquier dependencia parlamentaria de las formaciones árabes. Avigdor Lieberman, dirigente de Israel Beitenu, ya expresó su oposición a un gobierno que necesite los votos de esas fuerzas para sostenerse.

La paradoja es evidente: la oposición pretende desplazar a Netanyahu, pero una parte de ella cuestiona la participación de los mismos sectores políticos cuyos votos pueden hacer posible ese cambio.

La población árabe-israelí: de la marginación a la centralidad política

El resultado electoral también debe interpretarse desde la evolución de la población árabe-israelí.

Se trata de aproximadamente dos millones de ciudadanos palestinos de Israel, descendientes de quienes permanecieron en el territorio durante los acontecimientos de 1947-1949 y que constituyen alrededor de una quinta parte de la población del país.

Históricamente, su representación política estuvo condicionada por la discriminación, las desigualdades socioeconómicas y las dificultades para participar en las principales coaliciones de gobierno.

Durante los últimos años, especialmente bajo la coalición más radical de Netanyahu, las tensiones se profundizaron. Las denuncias de discriminación institucional, la criminalización colectiva y el deterioro de las condiciones de seguridad en las comunidades árabes alimentaron un creciente malestar.

La respuesta en las urnas

La respuesta llegó en las urnas. Una mayor movilización electoral permitió a las listas árabes alcanzar 19 escaños, transformando una representación tradicionalmente periférica en un factor decisivo para la gobernabilidad.

La Lista Conjunta, liderada por Yabarín, obtuvo 11 diputados, mientras que Ra’am, de orientación más conservadora, consiguió otros ocho.

El dato tiene una dimensión política adicional: demuestra que la población árabe-israelí no constituye un actor homogéneo. Existen diferencias ideológicas, religiosas y estratégicas entre sus principales expresiones, aunque ambas comparten demandas vinculadas con la igualdad de derechos y el reconocimiento de su lugar dentro del Estado.

El dilema de Eisenkot: gobernar con los árabes sin asumir totalmente sus demandas

La eventual llegada de Eisenkot al gobierno abre un escenario complejo.

El dirigente opositor representa una alternativa a Netanyahu, pero no una ruptura ideológica con buena parte de las políticas tradicionales de seguridad israelíes. Su trayectoria militar y sus posiciones sobre el conflicto palestino lo ubican en un espacio político distante de las principales reivindicaciones de la Lista Conjunta.

Entre las diferencias más importantes se encuentran la ocupación de los territorios palestinos, la expansión de los asentamientos en Cisjordania y la posibilidad de avanzar hacia la creación de un Estado palestino.

Yabarín reconoce esas contradicciones. No espera que la oposición adopte de inmediato el programa político de las formaciones árabes. Su objetivo inmediato es evitar la continuidad de Netanyahu y abrir una etapa que permita modificar gradualmente el rumbo del país.

Por eso propone una fórmula de apoyo parlamentario externo: los diputados árabes no ingresarían formalmente en el gobierno, pero garantizarían su supervivencia frente a eventuales iniciativas de la derecha destinadas a derribarlo.

Es lo que Yabarín denomina un «bloque de bloqueo»: una estructura parlamentaria que permita sostener el cambio político sin asumir responsabilidades directas en decisiones gubernamentales que contradigan sus principios.

La fórmula tiene una lógica pragmática. Permite influir sobre la gobernabilidad, pero preserva cierta autonomía política y evita que los representantes árabes queden asociados directamente con decisiones militares o con el financiamiento de los asentamientos israelíes.

El antecedente de Rabin y los Acuerdos de Oslo

En el debate político israelí reaparece un antecedente histórico de enorme importancia: el gobierno de Isaac Rabin en 1992.

En aquella oportunidad, Rabin consiguió formar una administración con 56 diputados propios y recibió el respaldo externo de cinco parlamentarios árabes, que le permitieron alcanzar la mayoría necesaria para gobernar.

Ese apoyo contribuyó a crear las condiciones parlamentarias para el proceso de paz que desembocaría en los Acuerdos de Oslo de 1993, firmados entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina, encabezada por Yasir Arafat.

La situacion hoy es mas compleja

La comparación resulta inevitable, aunque las circunstancias actuales son muy diferentes.

En los años noventa existía una expectativa internacional de avanzar hacia una solución negociada del conflicto palestino-israelí. Hoy, después de décadas de expansión de los asentamientos, sucesivas guerras y una devastadora confrontación en Gaza, el escenario es considerablemente más complejo.

La sociedad israelí también ha experimentado un desplazamiento hacia posiciones más conservadoras en materia de seguridad, mientras que la cuestión palestina ha perdido centralidad en buena parte de la agenda electoral.

Aun así, el precedente de Rabin demuestra que la cooperación parlamentaria entre representantes judíos y árabes puede producir cambios políticos de alcance histórico.

El conflicto palestino, el gran ausente de la negociación

La principal contradicción de esta nueva etapa es que el posible cambio de gobierno no garantiza una modificación sustancial de la política israelí hacia los palestinos.

El apoyo árabe a Eisenkot está condicionado por la necesidad de terminar con el gobierno de Netanyahu, pero no supone un respaldo a su eventual programa de gobierno.

La Lista Conjunta mantiene como objetivos centrales el fin de la ocupación militar y la creación de un Estado palestino. Sin embargo, esas propuestas no encuentran un respaldo claro entre los principales partidos judíos de la oposición.

También existen diferencias en torno a la guerra y a la seguridad. Yabarín condenó expresamente los ataques de Hamás contra civiles israelíes del 7 de octubre de 2023, pero sostiene que aquellos acontecimientos no pueden utilizarse para justificar las operaciones militares posteriores ni los sufrimientos de la población civil palestina.

Este posicionamiento revela una tensión que atraviesa toda la política israelí: la dificultad de construir un espacio de convivencia política entre ciudadanos que, aun compartiendo un mismo Estado, mantienen visiones profundamente diferentes sobre su identidad nacional, su historia y el futuro de la región.

La cuestión palestina, en consecuencia, seguirá siendo el principal condicionante de cualquier intento de construir una nueva mayoría política.

Las consecuencias regionales de la salida de Netanyahu

La  derrota de Netanyahu no sería solamente un acontecimiento interno de Israel. Tendría implicancias para el equilibrio geopolítico de Medio Oriente.

Durante sus años de gobierno, Netanyahu consolidó una política exterior basada en la prioridad de la seguridad militar, el enfrentamiento con Irán, la contención de las organizaciones armadas palestinas y el fortalecimiento de los vínculos estratégicos con Estados Unidos.

Su continuidad también estuvo asociada con una creciente polarización regional y con el deterioro de las relaciones de Israel con distintos actores internacionales.

Israel después de Netanyahu: el voto árabe  cambia el rumbo del poder

Un gobierno encabezado por Eisenkot podría representar una modificación en el estilo de conducción y en la relación con los aliados occidentales. También podría abrir espacios para recomponer vínculos diplomáticos deteriorados y reducir algunas tensiones con los países árabes.

Sin embargo, sería apresurado interpretar su eventual llegada como el comienzo de una nueva política de paz.

Eisenkot pertenece a una tradición política y militar que mantiene una visión exigente en materia de seguridad. Es posible que se produzcan cambios en la relación con Washington, en la gestión del conflicto regional y en la política interna, pero no necesariamente una modificación profunda de la estrategia israelí respecto de los territorios palestinos.

Para los países árabes, las potencias occidentales y los organismos internacionales, la diferencia entre un cambio de liderazgo y un cambio de política será fundamental.

La oposición encuentra en los árabes la llave para terminar con la era Netanyahu

Israel se encuentra ante una paradoja política: los sectores árabes, que durante décadas ocuparon una posición marginal en el sistema institucional, pueden convertirse ahora en los protagonistas de una operación parlamentaria capaz de terminar con uno de los ciclos de gobierno más prolongados de su historia reciente.

La decisión de Yabarín representa una apuesta arriesgada. Su sector acepta colaborar con una oposición que no comparte sus principales reivindicaciones, con la expectativa de que el desplazamiento de Netanyahu permita recuperar espacios de diálogo y abrir una nueva etapa política.

Pero el éxito de esa estrategia dependerá de algo más que la conformación de una mayoría parlamentaria.

El desafío será transformar una coincidencia circunstancial contra Netanyahu en un proyecto político capaz de abordar las profundas fracturas de la sociedad israelí.

Una agenda exigente

 Eso implica discutir la igualdad de derechos de los ciudadanos árabes, el futuro de los territorios palestinos, la expansión de los asentamientos y las condiciones para una convivencia regional duradera.

La caída de Netanyahu, si finalmente se concreta, podría modificar el mapa político israelí. Pero no resolverá automáticamente los conflictos que atraviesan al país y a toda la región.

La verdadera prueba para Eisenkot no será solamente conseguir los votos necesarios para llegar al poder, sino demostrar que existe una alternativa política capaz de superar la lógica de confrontación permanente.

El cambio político en Israel y sus interrogantes sobre el futuro de Medio Oriente

Y para la representación árabe-israelí, el desafío será todavía mayor: convertir su nueva influencia parlamentaria en avances concretos de igualdad, reconocimiento y participación política.

En definitiva, Israel esta ante el comienzo de un cambio de gobierno, pero todavía está lejos de demostrar que está preparado para un cambio de rumbo.