
Por Perspectiva Internacional
Jerusalen, 27 de octubre de 2026
Las primeras proyecciones electorales abren la posibilidad de un cambio de liderazgo en Israel, aunque la fragmentación parlamentaria y las diferencias entre los partidos amenazan con prolongar la incertidumbre. Los partidos árabes podrían convertirse en árbitros de la disputa por el poder.
Las elecciones legislativas en Israel vuelven a poner de manifiesto una de las principales características de su sistema político: la dificultad de transformar una victoria electoral en una mayoría parlamentaria estable. Las primeras proyecciones dibujan un escenario en el que el bloque opositor encabezado por Gadi Eisenkot aparece en condiciones de disputar el gobierno a Benjamin Netanyahu, pero sin disponer todavía de los apoyos necesarios para garantizar una nueva administración.
El resultado abre una etapa de negociaciones complejas, en la que las alianzas, las concesiones y las líneas rojas de cada formación tendrán tanta importancia como los votos obtenidos en las urnas. En Israel, ser el partido más votado no garantiza gobernar. La clave reside en reunir una coalición capaz de alcanzar la mayoría de los 120 escaños de la Knéset, el Parlamento nacional.
A la espera del escrutinio definitivo
Las proyecciones iniciales sitúan al bloque opositor en torno a los 52 escaños, frente a unos 50 de las fuerzas vinculadas a Netanyahu. Los partidos árabes podrían sumar alrededor de 18 representantes, una cifra que los convertiría en protagonistas centrales de las negociaciones. Estos números son estimaciones preliminares y deberán contrastarse con el escrutinio definitivo.
Netanyahu: el desgaste de un liderazgo
Para Benjamin Netanyahu, el resultado representa un desafío político significativo. Después de años dominando la escena israelí, su continuidad depende de la capacidad de mantener cohesionados a sus aliados tradicionales y encontrar apoyos adicionales.
El Likud podría conservar su condición de principal fuerza individual, pero ese dato no sería suficiente para asegurar la continuidad del primer ministro. La derecha israelí se enfrenta al problema de que sus socios potenciales no disponen, por sí solos, de los escaños necesarios para garantizar una mayoría parlamentaria.
Los partidos ultranacionalistas y las formaciones religiosas han constituido una parte esencial de la arquitectura política de Netanyahu. Sin embargo, sus posiciones sobre la guerra, los asentamientos, el reclutamiento militar y la distribución de recursos públicos dificultan la posibilidad de ampliar la coalición hacia sectores moderados.
Netanyahu contra las cuerdas, pero todavía no derrotado
El primer ministro todavía podría intentar negociar con fuerzas centristas o con dirigentes que, pese a sus diferencias personales con él, consideren preferible un acuerdo de gobierno a una nueva crisis institucional. Pero esta alternativa exige concesiones que podrían debilitar su propia base electoral.
La cuestión central es si Netanyahu conserva suficiente capacidad de negociación para convertir su experiencia política en una nueva mayoría o si el desgaste acumulado terminó por reducir sus posibilidades de permanencia.
Eisenkot y el desafío de construir una alternativa
Gadi Eisenkot emerge como uno de los principales beneficiarios del escenario electoral. Su trayectoria como exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel le proporciona credenciales en materia de seguridad nacional, una cuestión que ocupa un lugar central en la política israelí.
Su perfil también puede facilitar el acercamiento de sectores que no necesariamente comparten una misma orientación ideológica, pero que coinciden en la necesidad de buscar una alternativa al liderazgo de Netanyahu.
El desafío, sin embargo, es considerable. La oposición reúne a fuerzas centristas, liberales y de derecha moderada cuyas diferencias van más allá de las disputas personales. Las posiciones sobre la cuestión palestina, el futuro de Gaza, los asentamientos, la relación entre religión y Estado y las obligaciones militares podrían convertirse en obstáculos para la formación de un gobierno estable.
Israel y el dilema de la gobernabilidad: una oposición que debe demostrar que puede gobernar
Eisenkot deberá demostrar que su liderazgo puede trascender el rechazo a Netanyahu y transformarse en un proyecto político capaz de articular una mayoría parlamentaria y establecer prioridades comunes.
La principal paradoja de estas elecciones es que la oposición podría estar en condiciones de derrotar políticamente al primer ministro sin contar todavía con un programa compartido para gobernar el país.
Los partidos árabes, árbitros de la nueva mayoría
Uno de los elementos más relevantes del resultado es el peso que podrían adquirir los partidos árabes en la negociación parlamentaria. Si las proyecciones se confirman, sus representantes tendrán capacidad para inclinar la balanza hacia uno u otro lado, aunque las diferencias internas y las condiciones de cada formación limitarán las posibilidades de un acuerdo.
La alternativa más plausible para una eventual coalición opositora podría consistir en obtener apoyo parlamentario externo, sin incorporar necesariamente a los partidos árabes al gabinete. Este mecanismo permitiría alcanzar una mayoría para la investidura o para determinadas votaciones, aunque no garantizaría la estabilidad a largo plazo.
El voto decisivo: las minorías árabes podrían definir el próximo gobierno israelí
Mansour Abbas, dirigente de Ra’am, ha demostrado en experiencias anteriores que la representación árabe puede desempeñar un papel relevante en la política nacional. Sin embargo, una cosa es negociar compromisos sobre presupuestos, servicios públicos y seguridad comunitaria, y otra muy diferente formar parte de una coalición que deberá tomar decisiones sobre cuestiones militares y territoriales extremadamente sensibles.
La posibilidad de que los partidos árabes se conviertan en socios decisivos también podría provocar resistencias entre sectores de la derecha y de la propia oposición. El desafío para Eisenkot será construir una fórmula que permita reunir los votos necesarios sin provocar la ruptura de los acuerdos que sostienen su candidatura.
En este escenario, la representación árabe podría adquirir una influencia parlamentaria superior a la que habitualmente le corresponde por su peso electoral.
Cuatro escenarios para el futuro político de Israel
El panorama posterior a las elecciones permite identificar cuatro alternativas principales.
La primera es la formación de un gobierno encabezado por Eisenkot, con el apoyo de las fuerzas centristas y liberales y algún tipo de acuerdo con los partidos árabes. Sería una salida viable desde el punto de vista aritmético, pero políticamente compleja.
La segunda posibilidad es que Netanyahu consiga reconstruir una mayoría. Para ello necesitaría ampliar sus apoyos, una tarea difícil si los partidos moderados mantienen su rechazo a su continuidad y si sus aliados tradicionales se niegan a flexibilizar sus exigencias.
Una tercera alternativa sería la formación de un gobierno de unidad nacional, mediante un acuerdo entre el Likud y sectores de la oposición. Esta fórmula podría reducir la dependencia de las fuerzas más radicalizadas, pero requeriría superar una profunda desconfianza política y acordar cuestiones fundamentales de seguridad y política interior.
Finalmente, si las negociaciones fracasan, Israel podría entrar en una nueva etapa de bloqueo institucional y terminar convocando elecciones anticipadas. La experiencia de los últimos años demuestra que la fragmentación partidaria puede dificultar la formación de gobiernos duraderos.
Por ahora, ninguna de estas alternativas puede considerarse definitivamente consolidada. El desenlace dependerá de la distribución final de los escaños y de la capacidad negociadora de los principales dirigentes.
Las consecuencias para Oriente Próximo
La formación de un nuevo gobierno israelí tendrá repercusiones que exceden ampliamente la política interna.
En materia de seguridad, una administración encabezada por Eisenkot podría intentar revisar la conducción política y militar del país y modificar algunos aspectos de la toma de decisiones. Su experiencia castrense, sin embargo, no permite anticipar automáticamente una política menos firme en materia de defensa.
Respecto de los palestinos, un cambio de liderazgo tampoco supondría necesariamente una transformación radical. La posición sobre Gaza, Cisjordania, los asentamientos y una eventual solución de dos Estados dependerá tanto de la orientación del primer ministro como de los compromisos asumidos con sus socios de coalición.
La incertidumbre política israelí y sus repercusiones en el tablero de Oriente Próximo
La relación con Estados Unidos también estará condicionada por la composición del nuevo gobierno. Una administración diferente podría buscar recomponer consensos y reducir determinadas tensiones diplomáticas, pero los intereses estratégicos vinculados a Irán, la seguridad regional y el futuro de la cuestión palestina seguirán ocupando un lugar central.
En definitiva, el resultado electoral puede modificar el equilibrio político interno sin alterar de manera inmediata los principales condicionantes geopolíticos de Israel.
Una elección que no resuelve la crisis de gobernabilidad
El principal mensaje de estas elecciones es que el desgaste de un liderazgo no garantiza, por sí mismo, el surgimiento de una alternativa capaz de gobernar.
Netanyahu podría haber perdido parte de su capacidad de articulación política, pero continúa representando a un sector considerable de la sociedad israelí. Eisenkot, por su parte, dispone de una oportunidad para construir una mayoría, aunque deberá conciliar intereses y visiones estratégicas que no siempre resultan compatibles.
La cuestión decisiva será si las fuerzas opositoras consiguen transformar una coincidencia electoral en un acuerdo político duradero. Si no lo logran, la fragmentación parlamentaria podría prolongar la incertidumbre y mantener abierta la posibilidad de nuevas elecciones.
Eisenkot necesita aliados y Netanyahu busca sobrevivir: las claves de la negociación israelí
El desenlace también pondrá a prueba la capacidad de los partidos árabes para influir en las decisiones nacionales y la disposición de los sectores moderados a negociar más allá de sus fronteras ideológicas tradicionales.
La verdadera batalla electoral comienza ahora: no se trata solamente de determinar quién obtuvo más votos, sino de establecer quién puede reunir una mayoría suficiente para gobernar. En una región atravesada por conflictos militares, tensiones diplomáticas y profundas divisiones políticas, la estabilidad del próximo gobierno israelí será un factor de importancia estratégica para todo Oriente Próximo.



