Por Perspectiva Internacional

Nuuk, 7 de Octubre de 2026
Un acuerdo entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia redefine las reglas de seguridad en una región que se ha convertido en uno de los principales escenarios de competencia geopolítica mundial
El Ártico dejó hace tiempo de ser una periferia geográfica. El deshielo, la apertura de nuevas rutas marítimas, la disponibilidad de recursos naturales y su creciente importancia militar lo han convertido en uno de los espacios estratégicos centrales del siglo XXI. En ese escenario, Groenlandia ocupa una posición privilegiada.
El nuevo acuerdo de seguridad firmado por Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia representa un paso significativo en la consolidación de la presencia occidental en la isla y, al mismo tiempo, revela hasta qué punto Washington considera al territorio groenlandés un componente fundamental de su estrategia de seguridad.
El Ártico entra en el centro de la disputa geopolítica mundial
El pacto, firmado el 22 de septiembre, modifica y amplía el marco establecido por el acuerdo de defensa de 1951. Entre sus aspectos más relevantes aparece una disposición inédita: si Groenlandia alcanzara algún día la independencia de Dinamarca, el futuro Estado debería permanecer dentro de la OTAN, asumiendo los derechos y obligaciones que actualmente corresponden a Copenhague.
De la amenaza de anexión a un acuerdo estratégico
El contexto en el que se alcanza este entendimiento es particularmente significativo.
Donald Trump había colocado a Groenlandia en el centro de la agenda estadounidense desde su primer mandato, cuando llegó a plantear la posibilidad de comprar la isla. Pero durante su segundo mandato la cuestión adquirió una dimensión mucho más conflictiva.
Washington pasó de hablar de una eventual adquisición territorial a definir Groenlandia como una cuestión de seguridad nacional. La posibilidad de recurrir incluso a la fuerza militar generó una fuerte tensión con Dinamarca y con las autoridades groenlandesas.
El nuevo acuerdo parece representar una salida negociada a esa crisis
Estados Unidos no obtiene la soberanía sobre Groenlandia, pero consigue algo que desde el punto de vista estratégico puede resultar incluso más importante: consolida su posición militar, garantiza su acceso y reduce las posibilidades de que potencias externas puedan establecer una presencia significativa en la isla.
De esta manera, la disputa por Groenlandia pasa de la cuestión territorial a una lógica mucho más amplia: quién controla el espacio estratégico del Ártico.
Una presencia militar estadounidense reforzada
El acuerdo mantiene la estructura básica establecida en 1951, pero amplía considerablemente las posibilidades de movilidad militar estadounidense.
Washington podrá desplazarse entre sus instalaciones por tierra, mar y aire y, particularmente, obtiene nuevas posibilidades de circulación submarina en aguas territoriales groenlandesas. También se contempla la ampliación de la instalación militar de Pituffik y la posibilidad de establecer nuevas áreas de defensa en Narsarsuaq y Mestersvig.
El cambio no es menor
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos llegó a mantener 17 instalaciones militares y unos 10.000 efectivos en Groenlandia. Hoy la presencia es mucho menor, concentrada fundamentalmente en Pituffik, con aproximadamente 150 militares.
Sin embargo, la nueva realidad estratégica del Ártico puede modificar rápidamente esa situación.
La competencia entre Estados Unidos, Rusia y China convierte a Groenlandia en una pieza fundamental para el control de las rutas marítimas, la vigilancia militar y las comunicaciones entre América del Norte y Europa.
China y Rusia aparecen aunque no sean mencionadas
Uno de los elementos más reveladores del acuerdo es precisamente aquello que no menciona explícitamente.
El texto establece restricciones a la presencia militar de países que no pertenezcan a la OTAN y limita la posibilidad de que actores externos desarrollen instalaciones estratégicas en Groenlandia.
La respuesta de Trump a China y Rusia en el Ártico
Además, introduce restricciones a inversiones provenientes de países que no sean miembros de la OTAN, socios de la Alianza o integrantes de la Unión Europea en sectores considerados sensibles, como las infraestructuras críticas y la explotación de recursos naturales.
El objetivo resulta evidente.
Aunque China y Rusia no aparecen como enemigos explícitos, el diseño del acuerdo responde a una preocupación occidental cada vez mayor por la presencia de ambos países en el Ártico.
China ha incrementado durante los últimos años su interés por los recursos minerales de Groenlandia, particularmente por las tierras raras y otros minerales estratégicos. Rusia, por su parte, posee una enorme infraestructura militar en el Ártico y considera la región una zona esencial para su seguridad nacional.
El mensaje occidental es claro: el Ártico no será un espacio abierto a cualquier actor que quiera establecer posiciones estratégicas.
El dilema de la independencia groenlandesa
Aquí aparece una de las mayores contradicciones políticas del acuerdo.
Groenlandia obtiene un reconocimiento explícito de su derecho a la autodeterminación. Sin embargo, el mismo acuerdo establece que, si decide independizarse de Dinamarca, deberá garantizar su permanencia en la OTAN.
La paradoja es evidente
Groenlandia puede avanzar hacia la independencia política, pero su margen para definir libremente su política exterior y de seguridad quedaría limitado por compromisos asumidos previamente.
Para Washington, esto representa una garantía estratégica. Para los sectores independentistas groenlandeses, puede constituir una restricción significativa.
El acuerdo, por lo tanto, introduce una nueva dimensión en el debate sobre la independencia: ¿puede existir una Groenlandia políticamente independiente pero estratégicamente integrada al sistema de seguridad estadounidense y occidental?
La respuesta parece ser sí. Y precisamente esa fórmula puede terminar siendo el núcleo del futuro modelo político groenlandés.
Recursos naturales: el otro gran tablero
La cuestión militar es solo una parte de la ecuación.
Groenlandia posee importantes reservas potenciales de minerales estratégicos, incluidos recursos considerados esenciales para las nuevas tecnologías, la transición energética y la industria de defensa.
En un mundo marcado por la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China, el acceso a estos recursos adquiere una importancia creciente.
Groenlandia ante un dilema histórico: independencia o integración estratégica
El nuevo acuerdo introduce filtros sobre las inversiones extranjeras en sectores estratégicos. Para Groenlandia, esto supone un dilema económico.
Por un lado, limita la posibilidad de que China aumente su influencia sobre recursos estratégicos. Por otro, reduce el número de potenciales socios económicos disponibles para una economía que necesita inversión y diversificación.
La seguridad occidental puede, así, entrar en tensión con las necesidades de desarrollo económico de Groenlandia.
Una nueva arquitectura para el Ártico
La importancia del acuerdo trasciende ampliamente a Groenlandia.
Estados Unidos está construyendo una arquitectura de seguridad en el Ártico que conecta Groenlandia con Alaska, Canadá, el Atlántico Norte y Europa.
En ese esquema, Dinamarca adquiere una importancia renovada. Aunque Groenlandia tiene un amplio grado de autonomía, Copenhague continúa desempeñando un papel central en materia de defensa y política exterior.
Pieza estrategica para OTAN
Para la OTAN, Groenlandia también constituye una pieza estratégica porque permite reforzar el vínculo entre América del Norte y Europa.
El Ártico se convierte así en uno de los puntos donde convergen las tres grandes dimensiones de la nueva competencia internacional: seguridad militar, recursos naturales y control de rutas estratégicas.
Trump obtiene una victoria estratégica, pero no una anexión
Desde la perspectiva de Donald Trump, el acuerdo puede interpretarse como una victoria.
El presidente estadounidense no consiguió la adquisición territorial que había planteado en el pasado. Pero logró algo que puede resultar más funcional para los intereses de Washington: garantizar una presencia militar estadounidense permanente y dificultar la penetración estratégica de competidores.
El acuerdo también evita, al menos por ahora, una ruptura abierta entre Estados Unidos y Dinamarca dentro de la OTAN.
Para Groenlandia, el resultado es ambiguo
Obtiene reconocimiento político, mayor participación en las cuestiones de defensa y garantías sobre su derecho a la autodeterminación. Pero simultáneamente acepta restricciones que condicionan su futura política exterior, militar y económica.
El Ártico como escenario de la nueva Guerra Fría
El acuerdo sobre Groenlandia constituye, en definitiva, mucho más que una actualización de un tratado militar firmado hace 75 años.
Es una señal de que el Ártico está ingresando definitivamente en el centro de la competencia geopolítica mundial.
Estados Unidos busca impedir que China y Rusia amplíen su influencia; Europa intenta preservar su posición; Dinamarca procura mantener su vínculo con Groenlandia; y los groenlandeses buscan avanzar hacia mayores niveles de autonomía e incluso hacia la independencia.
Todos estos objetivos pueden coexistir durante algún tiempo, pero no necesariamente son compatibles a largo plazo.
Groenlandia ya no es el fin del mundo: es el nuevo centro del poder
La cuestión fundamental ya no es si Groenlandia pertenece a Dinamarca o si algún día será independiente. El verdadero interrogante es qué lugar ocupará una Groenlandia eventualmente independiente dentro de la nueva arquitectura estratégica del Ártico.
Y en esa disputa, Washington parece haber conseguido una ventaja decisiva: sin necesidad de incorporar Groenlandia a Estados Unidos, ha logrado asegurar que la isla permanezca dentro de su esfera estratégica.
El Ártico, mientras tanto, deja de ser el confín del mundo para convertirse en uno de los principales escenarios de poder del siglo XXI.



