
Por perspectiva Internacional
Copenhague, 19 de setiembre de 2026
El acuerdo alcanzado entre Washington, Copenhague y Nuuk redefine el equilibrio estratégico del Ártico. Trump lo presenta como un triunfo histórico para Estados Unidos, mientras Dinamarca y Groenlandia subrayan que la soberanía y el derecho a la autodeterminación permanecen intactos. Detrás del pacto aparece una disputa mayor por el control militar, las rutas árticas y la creciente competencia entre Estados Unidos, Rusia y China.
Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia alcanzaron un acuerdo destinado a ampliar significativamente la presencia militar estadounidense en el territorio ártico, en un entendimiento que puede convertirse en uno de los movimientos geopolíticos más relevantes de los últimos años en el extremo norte del planeta.
De la compra de Groenlandia a la expansión militar: el nuevo acuerdo de Trump , aun sin firmar
El presidente Donald Trump anunció el acuerdo el 18 de septiembre y lo presentó como un avance estratégico para Washington. Según su descripción, Estados Unidos obtendría una capacidad permanente para garantizar la seguridad de Groenlandia y podría ampliar su presencia militar en distintos puntos de la isla. El acuerdo también establecería restricciones sobre determinadas inversiones consideradas sensibles provenientes de países que no pertenecen a la OTAN.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre la interpretación de Washington y el lenguaje utilizado por Copenhague y Nuuk. Dinamarca y Groenlandia han confirmado el entendimiento, pero han insistido en que la soberanía danesa sobre Groenlandia no será transferida y que el acuerdo preserva el derecho de los groenlandeses a la autodeterminación.
El documento todavía debe ser formalmente firmado y se espera que esto ocurra durante la próxima Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. Además, deberá atravesar los procedimientos parlamentarios correspondientes en Dinamarca y Groenlandia.
Del intento de adquisición al acuerdo militar
El significado del acuerdo se comprende mejor si se observa el camino recorrido durante 2026.
La cuestión de Groenlandia se convirtió en uno de los principales puntos de tensión entre Washington y sus aliados europeos después de que Trump planteara públicamente la posibilidad de que Estados Unidos adquiriera el territorio, llegando incluso a provocar un fuerte rechazo de Copenhague y Nuuk.
Durante meses, el debate dejó de ser una cuestión bilateral entre Estados Unidos y Dinamarca y pasó a involucrar directamente a la OTAN. La posibilidad de que un miembro de la alianza presionara sobre el territorio de otro miembro generó preocupación entre diversos gobiernos europeos.
El acuerdo actual representa, por lo tanto, un cambio significativo de escenario: Washington abandona —al menos en los términos conocidos hasta ahora— la idea de modificar la soberanía territorial y obtiene, a cambio, una ampliación sustancial de su margen de acción militar.
La diferencia no es menor
Estados Unidos no necesita formalmente ser propietario de Groenlandia para obtener buena parte de las ventajas estratégicas que buscaba. El acceso militar, las instalaciones, los derechos de sobrevuelo y la capacidad para reforzar su presencia pueden proporcionar a Washington una posición privilegiada en el Ártico sin modificar las fronteras internacionales.
El valor estratégico de Groenlandia
La importancia de Groenlandia excede ampliamente su dimensión territorial.
Su ubicación entre América del Norte, Europa y el océano Ártico la convierte en un punto estratégico para la vigilancia del Atlántico Norte y de las rutas aéreas y marítimas del extremo norte.
Estados Unidos ya dispone allí de una infraestructura militar fundamental: la base de Pituffik, anteriormente conocida como Thule Air Base. La instalación cumple funciones vinculadas con alerta temprana, vigilancia espacial y seguridad estratégica estadounidense y de la OTAN.
El acuerdo anunciado ahora podría transformar esa presencia existente en una plataforma militar mucho más amplia
Esto adquiere especial importancia en un contexto en el que el deshielo del Ártico está modificando progresivamente las condiciones de navegación y aumentando el interés por las rutas marítimas, los recursos naturales y las posibilidades de explotación económica de la región.
Rusia y China, en el centro de la ecuación
Aunque el acuerdo está formulado fundamentalmente en términos de seguridad estadounidense y del Atlántico Norte, existe un segundo componente evidente: la competencia estratégica con Rusia y China.
El entendimiento contempla restricciones para que países que no pertenecen a la OTAN puedan realizar determinadas inversiones sensibles o establecer instalaciones estratégicas en Groenlandia. Las informaciones disponibles señalan particularmente las preocupaciones estadounidenses respecto de posibles inversiones chinas y rusas.
Para Washington, evitar que Beijing pueda desarrollar una infraestructura estratégica en Groenlandia resulta particularmente relevante.
China y Rusia
China ha incrementado durante los últimos años su presencia económica y científica en el Ártico, mientras Rusia mantiene una extensa infraestructura militar y una posición geográfica privilegiada en la región.
El Ártico se está convirtiendo así en un nuevo escenario de competencia entre grandes potencias.
Recursos naturales y nuevas rutas
Existe además una dimensión económica.
Groenlandia posee importantes recursos minerales y se encuentra en una región donde las transformaciones climáticas están abriendo nuevas posibilidades de navegación y explotación económica.
Esto convierte a la isla en un espacio donde convergen tres dimensiones estratégicas:
militar, económica y geopolítica.
El control de las rutas y de las infraestructuras estratégicas puede adquirir una importancia creciente a medida que el Ártico se vuelva más accesible.
Para Estados Unidos, impedir que potencias rivales obtengan posiciones estratégicas en la isla es, por lo tanto, parte de una estrategia más amplia de competencia global.
La cuestión groenlandesa
Pero hay un actor que no puede quedar reducido a una disputa entre Washington y Copenhague: Groenlandia y su población.
El territorio cuenta con un amplio grado de autonomía dentro del Reino de Dinamarca y existe desde hace años un debate político sobre su eventual independencia.
Por eso, cualquier acuerdo sobre seguridad y presencia militar tiene inevitablemente una dimensión interna.
El gobierno groenlandés ha respaldado el entendimiento en términos de seguridad y desarrollo, pero simultáneamente ha insistido en preservar el principio de autodeterminación.
Este aspecto será fundamental en los próximos años: la ampliación de la presencia estadounidense podría fortalecer la seguridad militar de Groenlandia, pero también puede alimentar el debate sobre hasta qué punto la isla debe decidir por sí misma su relación con Dinamarca, Estados Unidos y las grandes potencias.
Un nuevo capítulo para la OTAN
El acuerdo también tiene consecuencias para la alianza atlántica.
Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca y, por lo tanto, está vinculada al sistema de seguridad de la OTAN. La presencia estadounidense ya estaba contemplada por acuerdos anteriores, incluido el acuerdo de defensa de 1951 y su actualización de 2004.
La novedad reside en la dimensión política del nuevo entendimiento y en la posibilidad de una expansión considerable de la presencia estadounidense.
Después de meses de tensiones entre Trump y varios gobiernos europeos, el acuerdo permite a Washington presentar el resultado como un fortalecimiento de la seguridad occidental, mientras Dinamarca puede sostener que ha preservado su soberanía.
En ese sentido, el pacto constituye también un intento de recomponer una relación transatlántica que había sufrido un fuerte desgaste.
El Ártico entra en una nueva era
El caso de Groenlandia muestra que el Ártico está dejando de ser un espacio periférico de la política internacional.
La combinación de cambio climático, apertura de nuevas rutas marítimas, recursos minerales y competencia militar está transformando radicalmente la importancia estratégica de la región.
Estados Unidos busca consolidar su posición frente a Rusia y China. Rusia procura preservar su histórica ventaja geográfica. China intenta ampliar su presencia económica y científica. Europa, mientras tanto, necesita reforzar su capacidad para participar en la definición del futuro estratégico de una región cada vez más cercana a sus intereses de seguridad.
El acuerdo sobre Groenlandia es, en este contexto, mucho más que un convenio bilateral de defensa.
Representa el paso de una disputa sobre la soberanía de una isla a una nueva etapa de competencia por el poder en el Ártico.
Y aunque el territorio continuará siendo danés, el nuevo escenario puede convertir a Groenlandia en uno de los principales puntos de contacto —y potencialmente de fricción— entre las grandes potencias durante las próximas décadas.
Una cuestión que recién comienza
El acuerdo todavía no está formalmente firmado y buena parte de sus detalles permanece sin conocerse. Por eso, será especialmente importante observar qué alcance concreto tendrá la denominada autoridad estadounidense sobre seguridad, qué nuevas instalaciones podrán construirse, cuáles serán los mecanismos de consulta con Groenlandia y Dinamarca y cómo se aplicarán las restricciones a las inversiones extranjeras.
Lo que sí parece claro es que Washington ha conseguido ampliar su margen estratégico en Groenlandia sin modificar formalmente la soberanía territorial, mientras Copenhague y Nuuk han evitado una confrontación directa con su principal aliado militar.
El resultado abre una nueva etapa
El futuro del Ártico ya no se decidirá solamente en las capitales de los países ribereños. También se definirá en la competencia global entre Estados Unidos, Rusia, China y Europa por el control de un espacio que, hasta hace pocos años, parecía estar al margen de las grandes disputas geopolíticas.



