
Por Perspectiva Internacional | 12 de agosto de 2026
Se agrava la crisis de una región en tensión
La política de deportaciones masivas impulsada por Pakistán contra la población afgana está provocando una nueva crisis humanitaria en una región marcada por décadas de guerras, desplazamientos y pobreza. Desde 2023, más de 2,6 millones de afganos han regresado a Afganistán como consecuencia del plan de repatriación puesto en marcha por Islamabad. Solo entre enero y el 1 de agosto de 2026, más de 723.000 personas fueron obligadas a regresar.
Un éxodo sin retorno: miles de familias afganas pierden nuevamente su hogar
Detrás de estas cifras hay familias que, en muchos casos, llevaban décadas viviendo en Pakistán y que ahora deben reconstruir sus vidas en un país que para muchos de sus hijos resulta prácticamente desconocido. La situación adquiere una dimensión particularmente dramática en el caso de las niñas, que pueden pasar de asistir regularmente a una escuela pakistaní a quedar excluidas del sistema educativo al cruzar la frontera.
La expulsión masiva no constituye únicamente un problema migratorio. Es también una cuestión de seguridad regional, derechos humanos y estabilidad política, en un contexto en el que las relaciones entre Pakistán y el régimen talibán atraviesan una etapa de creciente tensión.
Una frontera desbordada
El principal escenario de esta crisis es el paso fronterizo de Torkham, uno de los principales puntos de comunicación entre Pakistán y Afganistán. Allí, miles de personas se concentran diariamente en condiciones precarias, esperando completar los trámites necesarios para ingresar a Afganistán.
La infraestructura fronteriza ha demostrado ser insuficiente para absorber semejante volumen de retornados. Familias enteras permanecen durante días —en algunos casos hasta semanas— sin alimentos, agua o refugio adecuados.
La frontera que desborda a Pakistán: el nuevo drama de los refugiados afganos
La situación se agravó después de los enfrentamientos fronterizos entre Pakistán y Afganistán y de los períodos de cierre del paso. Cuando Torkham volvió a abrir para los repatriados a finales de marzo, el flujo de personas se multiplicó rápidamente. Según los datos citados en la información original, el número de retornados aumentó un 727% en menos de una semana.
El problema no es solamente logístico. Los desplazados llegan a Afganistán después de haber perdido viviendas, empleos, negocios y redes sociales construidas durante décadas.
Millones de personas frente a un nuevo desarraigo
La magnitud del fenómeno permite comprender la dimensión estratégica de la crisis.
Los retornos registrados muestran un crecimiento extraordinario:
- 2023: 490.891 personas.
- 2024: 315.100.
- 2025: 1.125.946.
- 2026, hasta el 1 de agosto: 723.268.
En muchos casos, se trata de personas nacidas en Pakistán que nunca habían vivido en Afganistán. Algunos ni siquiera hablan dari o pastún con fluidez y tienen al urdu como lengua principal.
Para estas familias, la deportación supone mucho más que cruzar una frontera: significa abandonar el único lugar que reconocen como hogar.
La dimensión regional del fenómeno
El fenómeno adquiere además una dimensión regional. Pakistán e Irán, los dos países que concentran las mayores comunidades afganas fuera de Afganistán, han intensificado sus políticas de deportación. De acuerdo con las estimaciones citadas de la Organización Internacional para las Migraciones, más de seis millones de afganos han regresado desde ambos países desde septiembre de 2023.
La consecuencia inmediata es una presión adicional sobre un Afganistán que ya enfrenta una situación económica, social y humanitaria extremadamente frágil.
Las niñas, entre las principales víctimas
Uno de los aspectos más preocupantes de esta crisis es su impacto sobre la educación.
Desde el regreso de los talibanes al poder en 2021, las niñas afganas enfrentan severas restricciones para acceder a la educación secundaria. Por eso, una deportación puede significar para una niña mucho más que perder su hogar y sus amigos: puede significar también perder definitivamente el acceso a la escuela.
La paradoja es dramática. Una niña puede estar escolarizada en Pakistán una semana y encontrarse, pocos días después, al otro lado de la frontera sin posibilidad de continuar sus estudios.
De la escuela al exilio: las niñas afganas, las grandes víctimas de las deportaciones
Según la información citada, los menores representaron alrededor del 60% de los retornados durante 2025. Esto significa que la política de deportaciones está afectando especialmente a una generación que ya ha crecido marcada por la guerra, el desplazamiento y la incertidumbre.
La expulsión puede terminar así consolidando una situación de exclusión educativa que tendrá consecuencias durante décadas.
Islamabad invoca la seguridad nacional
El Gobierno pakistaní sostiene que su política responde a razones de seguridad nacional, control migratorio y soberanía. Islamabad argumenta que debe combatir la inmigración irregular y el extremismo transfronterizo y que las leyes deben aplicarse a todos por igual.
Pero la realidad sobre el terreno plantea interrogantes sobre la proporcionalidad y las consecuencias de esta estrategia.
La nueva crisis afgana: expulsiones masivas, fronteras colapsadas y niñas sin escuela
Muchas de las personas expulsadas habían vivido durante décadas en ciudades como Islamabad, Rawalpindi, Peshawar o Sialkot. Tenían negocios, empleos, viviendas y vínculos sociales. Algunas familias habían nacido y crecido en Pakistán.
La aplicación de una política migratoria de carácter general termina afectando, por lo tanto, a una población heterogénea en la que conviven migrantes irregulares, refugiados y personas con fuertes vínculos históricos con la sociedad pakistaní.
La cuestión central pasa entonces a ser hasta qué punto una política destinada a reforzar la seguridad puede terminar generando mayor vulnerabilidad e inestabilidad regional.
La tensión con los talibanes añade un componente geopolítico
La crisis migratoria tampoco puede separarse de las deterioradas relaciones entre Islamabad y Kabul.
Pakistán y el Afganistán gobernado por los talibanes comparten una extensa frontera, fuertes vínculos históricos y una compleja relación política. Sin embargo, en los últimos meses aumentaron los enfrentamientos y las tensiones en la frontera.
Torkham, la frontera de una crisis humanitaria
El cierre de Torkham entre octubre y marzo estuvo relacionado con este deterioro de las relaciones bilaterales. En febrero, Pakistán lanzó además una operación militar contra los talibanes y grupos militantes vinculados a ellos.
En este contexto, la expulsión de cientos de miles de afganos puede interpretarse también como una herramienta de presión política sobre Kabul.
Pero existe un riesgo evidente: que la crisis migratoria termine alimentando precisamente las dinámicas de inseguridad que Islamabad pretende combatir.
Afganistán no está preparado para absorber el retorno
El problema fundamental es que Afganistán carece de capacidad suficiente para absorber de manera rápida y sostenible a millones de personas.
Millones de afganos regresan a un país que no está preparado para recibirlos
Los retornados llegan a un país con enormes necesidades sociales y económicas. Muchos carecen de vivienda, empleo y recursos básicos. Los campamentos de tránsito enfrentan dificultades para proporcionar alimentos, agua y asistencia sanitaria.
La presión es especialmente fuerte sobre las familias con niños pequeños y personas enfermas.
Afganistan dice haber armado un programa de reintegración
Las autoridades afganas aseguran haber puesto en marcha programas de reintegración y haber asignado más de 42.000 parcelas residenciales para familias retornadas. Sin embargo, las proyecciones citadas de la OIM apuntan a que casi 2,7 millones de personas podrían regresar a Afganistán entre abril y diciembre de 2026.
Si esas estimaciones se concretan, el impacto sobre la economía, los servicios públicos y la seguridad alimentaria del país será considerable.
Una crisis que interpela a la comunidad internacional
La situación plantea un desafío que excede ampliamente a Pakistán y Afganistán.
Después de décadas de guerra, Afganistán continúa siendo uno de los principales focos de desplazamiento del planeta. Millones de afganos viven fuera de sus fronteras y una parte importante de ellos depende de la protección internacional.
La expulsión masiva desde Pakistán e Irán amenaza con transformar una crisis de refugiados en una crisis de retornados de dimensiones históricas.
Pakistán y Afganistán, atrapados en una nueva crisis migratoria y de seguridad
La comunidad internacional enfrenta así una disyuntiva: limitarse a gestionar las consecuencias humanitarias de las deportaciones o abordar las causas estructurales que han convertido a Afganistán en uno de los principales escenarios de desplazamiento del mundo.
El caso pakistaní demuestra, además, que las políticas migratorias no pueden analizarse exclusivamente desde la perspectiva de la seguridad nacional. Cuando millones de personas son desplazadas simultáneamente, las consecuencias alcanzan la educación, la salud, la estabilidad política y las relaciones entre Estados.
Un nuevo capítulo de la crisis afgana
La salida de las tropas estadounidenses en 2021 y el regreso de los talibanes al poder no significaron el final de la crisis afgana. El conflicto militar dio paso a una crisis prolongada marcada por el aislamiento internacional, la pobreza, las restricciones a los derechos de las mujeres y los desplazamientos masivos.
Ahora, la expulsión de millones de afganos desde países vecinos abre un nuevo capítulo.
Para Pakistán, se trata de reafirmar el control de sus fronteras y responder a sus preocupaciones de seguridad. Para Afganistán, supone absorber una población que llega sin recursos suficientes. Para la comunidad internacional, representa el riesgo de que una crisis humanitaria ya grave se transforme en una nueva fuente de inestabilidad regional.
Millones de afganos, otra vez en el camino del exilio
Y en medio de esta disputa entre Estados quedan millones de personas que, después de haber perdido su hogar una vez, están siendo obligadas a comenzar nuevamente desde cero.
La frontera de Torkham se ha convertido así en el símbolo de una paradoja: mientras los gobiernos hablan de seguridad y soberanía, millones de personas enfrentan una crisis de supervivencia.



