
Por perspectiva internacional
Lima, 9 de junio de 2026
La elección interminable: el desafío de gobernar un país fracturado
Las elecciones presidenciales de Perú vuelven a mostrar que el principal desafío del país no es únicamente quién ocupará el Palacio de Gobierno, sino cómo gobernar una nación profundamente dividida. Con más del 95% de los votos escrutados, la disputa entre el izquierdista Roberto Sánchez y la derechista Keiko Fujimori continúa abierta, separada por apenas unas decenas de miles de sufragios. Sin embargo, más allá del resultado final, las urnas han dejado al descubierto una realidad mucho más compleja: la existencia de dos países que conviven bajo una misma bandera, pero que parecen hablar lenguajes políticos distintos.
Más allá de Fujimori y Sánchez: la crisis estructural de la democracia peruana
La ajustada segunda vuelta es apenas el último capítulo de una larga historia de inestabilidad institucional. En poco más de una década, Perú ha tenido ocho presidentes, varios de ellos incapaces de completar sus mandatos. Dos terminaron en prisión: uno condenado por corrupción y otro encarcelado tras intentar un autogolpe de Estado. La consecuencia de esta dinámica ha sido devastadora para la construcción de políticas públicas sostenidas. Mientras la inseguridad ciudadana se convierte en la principal preocupación de los peruanos, el país ha cambiado de ministro del Interior en 29 ocasiones durante ese mismo período.
Fragilidad institucional agravada
Esta fragilidad institucional se ve agravada por una relación cada vez más conflictiva entre el Poder Ejecutivo y el Congreso. La figura de la «incapacidad moral permanente», utilizada para destituir presidentes, ha transformado al Legislativo en un actor con enorme capacidad de desestabilización. En ese escenario, una eventual presidencia de Keiko Fujimori contaría con el respaldo de una estructura parlamentaria disciplinada y experimentada. Por el contrario, Roberto Sánchez tendría que gobernar enfrentando desde el primer día una oposición feroz y con escasa capacidad propia para construir mayorías.
Pero la verdadera división peruana va mucho más allá de los cálculos legislativos.
Los resultados electorales muestran una geografía política marcada por profundas desigualdades sociales, económicas y culturales. Mientras en San Isidro, uno de los distritos más acomodados de Lima, Fujimori obtuvo más del 84% de los votos, en Chumbivilcas, provincia andina del Cusco golpeada por la pobreza y la exclusión, Sánchez superó el 94% del apoyo electoral.
Chumbivilcas contra San Isidro: el mapa de un Perú dividido
La distancia entre ambos territorios es de aproximadamente mil kilómetros. Sin embargo, la brecha más significativa no es geográfica, sino histórica. En las grandes ciudades predomina una ciudadanía preocupada por la estabilidad económica, la seguridad y la continuidad del modelo vigente. En amplias zonas rurales de la sierra sur, en cambio, persiste la sensación de que el crecimiento económico de las últimas décadas nunca llegó realmente a sus comunidades.
Roberto Sanchez conecta con el Peru que demanda inclusion
La figura de Roberto Sánchez conecta con ese Perú que demanda reconocimiento e inclusión. Su reivindicación del legado político y simbólico del expresidente Pedro Castillo, especialmente entre sectores campesinos e indígenas, expresa el deseo de una representación largamente postergada. Del otro lado, Keiko Fujimori moviliza a quienes asocian el apellido de su padre con orden, autoridad y eficacia frente a amenazas como el terrorismo y la criminalidad, aunque ello implique convivir con el peso histórico de las denuncias por autoritarismo y violaciones a los derechos humanos durante el fujimorismo.
Entre el miedo y la esperanza: las dos almas de la política peruana
El resultado es una polarización que parece alimentarse menos de proyectos nacionales sólidos y más del temor al adversario. No resulta casual que ninguno de los dos candidatos haya despertado un entusiasmo mayoritario en la primera vuelta electoral. Juntos, apenas superaron el 20% de los votos en una contienda marcada por la fragmentación y la desconfianza hacia la clase política tradicional.
La elección no clausura el conflicto
El problema es que la lógica del «anti» —el antifujimorismo por un lado y el rechazo a la izquierda por el otro— dificulta la construcción de consensos mínimos. Cuando el adversario deja de ser un competidor legítimo para convertirse en una amenaza existencial, la elección no clausura el conflicto: simplemente lo traslada a las instituciones.
Perú enfrenta así un dilema que excede a Sánchez y Fujimori. El desafío consiste en reconstruir partidos capaces de representar al conjunto del país, fortalecer instituciones debilitadas y abandonar la confrontación permanente como estrategia de supervivencia política.
Perú vota, pero no logra reconciliarse consigo mismo
Para quien finalmente sea proclamado presidente, completar el mandato podría considerarse ya un éxito. Pero la verdadera prueba será mucho más ambiciosa: encontrar la manera de tender puentes entre Chumbivilcas y San Isidro, entre el Perú rural y el urbano, entre quienes exigen cambios profundos y quienes temen perder la estabilidad alcanzada.
Porque mientras esas fracturas sigan abiertas, cada elección continuará siendo menos una celebración democrática y más un nuevo episodio de una crisis que parece no tener fin.



