Perspectiva Internacional

Estados Unidos como factor de riesgo climático global: el segundo mandato de Trump y la demolición del orden ambiental internacional

Por perspectiva internacional

10 de enero de 2026

Negacionismo desde la Casa Blanca: cómo Trump convirtió al clima en un campo de batalla

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 marcó un punto de inflexión —esta vez mucho más profundo— en la política ambiental global. Si durante su primer mandato Estados Unidos optó por una retirada silenciosa de los foros multilaterales, en esta segunda etapa el país se ha convertido en un actor activamente obstructivo, decidido a desmantelar tanto las políticas climáticas internas como los consensos internacionales construidos durante más de tres décadas.

EE UU abandona tratados, ciencia y liderazgo: el vacío climático del segundo mandato de Trump

Bajo la consigna de “restaurar el dominio energético estadounidense”, la Administración Trump ha alineado su estrategia nacional con los intereses del petróleo, el gas y el carbón, asumiendo sin matices el papel de antagonista en la lucha contra el cambio climático. El resultado es una ofensiva múltiple que combina retrocesos regulatorios, abandono de tratados, ataques a la ciencia y presión diplomática sobre terceros países.

Un repliegue sin precedentes del multilateralismo ambiental

La salida de Estados Unidos del Acuerdo de París —que se hará efectiva a fines de enero de 2026— es apenas el símbolo más visible de una contrarreforma más amplia. Washington anunció además su retiro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el paraguas jurídico que desde 1992 estructura la cooperación internacional frente al calentamiento global. Se trata de un hecho sin precedentes que debilita el corazón institucional de la gobernanza climática.

A esto se suma la retirada de organismos clave como la Agencia Internacional de las Energías Renovables, la UICN y la plataforma IPBES, así como el abandono del IPCC, el panel científico que durante 35 años ha sido la principal referencia global sobre cambio climático. Más que una retirada, la estrategia parece apuntar a vaciar de legitimidad a los espacios multilaterales que cuestionan el modelo fósil.

Desregular puertas adentro, intimidar puertas afuera

En el plano doméstico, la Casa Blanca ha eliminado o revertido centenares de regulaciones ambientales. Según el Centro Sabin de la Universidad de Columbia, en apenas un año se contabilizan cerca de 300 medidas orientadas a reducir o eliminar políticas de mitigación y adaptación climática, una cifra superior a la de todo el primer mandato de Trump. Entre ellas figuran el bloqueo de proyectos de energía eólica marina, la promoción de nuevas perforaciones en Alaska y el freno a la expansión del vehículo eléctrico.

Cuando la potencia se vuelve obstáculo: Estados Unidos y la crisis climática

En el ámbito internacional, Estados Unidos ha pasado de la indiferencia al hostigamiento. La Administración Trump defiende abiertamente los intereses de los petroestados en la ONU, amenaza con sanciones a los países que impulsan impuestos climáticos —como la tasa global al transporte marítimo— y rechaza cualquier límite a la producción de plásticos, fortaleciendo el bloqueo a un tratado clave contra la contaminación.

La ciencia bajo ataque

Uno de los rasgos más alarmantes de esta etapa es el ataque frontal a la ciencia climática. El intento de desmantelar el Centro Nacional de Investigación Atmosférica, la exclusión de científicos estadounidenses de los trabajos del IPCC y la amenaza de retirar fondos a observatorios clave como Mauna Loa revelan una estrategia sistemática de desacreditación del conocimiento científico.

Este negacionismo institucional no solo afecta a Estados Unidos: debilita la base empírica sobre la que se construyen las políticas climáticas globales y refuerza a otros gobiernos reticentes a avanzar en la transición ecológica.

Minería, océanos y normas en disputa

La orden ejecutiva que impulsa la minería en aguas internacionales sintetiza la lógica de la Administración Trump: actuar al margen del consenso internacional en nombre de la “libertad económica”. Esta postura choca con los esfuerzos de Naciones Unidas y de decenas de países que reclaman una moratoria ante los riesgos ambientales para la biodiversidad marina.

El regreso de Trump y la ruptura del multilateralismo ambiental

Paradójicamente, mientras Estados Unidos profundiza su repliegue, el Tratado de Alta Mar entrará en vigor en enero de 2026, apenas días antes de la salida formal del país del Acuerdo de París. El contraste expone una fractura creciente entre Washington y el resto de la comunidad internacional.

Un liderazgo ausente —o disruptivo— en las grandes cumbres

La ausencia estadounidense en la última cumbre del clima en Brasil y en el G20 de Sudáfrica confirma la voluntad de Trump de deslegitimar estos espacios. La decisión de reducir la agenda climática del próximo G20, que se celebrará en territorio estadounidense, anticipa un intento de reconfigurar las prioridades globales en favor de una agenda estrictamente financiera y energética.

¿Un supervillano climático?

Más que un simple retroceso, la política ambiental del segundo mandato de Trump convierte a Estados Unidos en un factor de riesgo sistémico para la gobernanza climática global. En un contexto donde la transición energética avanza —impulsada en gran medida por China y otras economías emergentes—, Washington opta por la confrontación y el bloqueo.

Una superpotencia contra el planeta

La pregunta ya no es si Estados Unidos liderará la lucha contra el cambio climático, sino hasta qué punto su estrategia obstructiva logrará frenar o distorsionar los esfuerzos del resto del mundo. En ese escenario, la crisis climática deja de ser solo un desafío ambiental para convertirse, cada vez más, en un problema central de la política internacional.