Por Perspectiva Internacional

Salud, 24 de setiembre de 2026
La experiencia de la covid-19 dejó una lección que trasciende la medicina: una pandemia no golpea a todos por igual. La vivienda, el empleo, la protección social, el acceso a la información y la distribución de vacunas pueden determinar quién logra protegerse y quién queda expuesto. Un nuevo estudio internacional advierte que, ante una próxima emergencia sanitaria, la desigualdad podría volver a convertirse en un factor decisivo de mortalidad.
La pandemia de covid-19 fue, además de una crisis sanitaria sin precedentes recientes, una radiografía de las desigualdades existentes en el mundo. Mientras algunos sectores de la población pudieron trabajar desde sus hogares, aislarse y acceder rápidamente a los servicios sanitarios, millones de personas tuvieron que continuar trabajando, vivir en condiciones de hacinamiento o afrontar barreras administrativas para recibir asistencia.
Una investigación de la Comisión NUS–Lancet PRIME, que durante tres años reunió a más de un centenar de investigadores y recogió 819 testimonios en 20 países de África, Asia, Europa y América, coloca esa desigualdad en el centro de la discusión sobre la preparación frente a futuras pandemias.
La conclusión es contundente: no alcanza con disponer de hospitales, laboratorios, vacunas y medicamentos si una parte importante de la población no puede acceder efectivamente a ellos.
Cuando quedarse en casa no era una opción
Durante la covid-19, una de las principales recomendaciones de las autoridades sanitarias fue el aislamiento. Pero esa medida suponía condiciones materiales que millones de personas simplemente no tenían.
En distintos países aparecieron situaciones similares: trabajadores informales que debían salir diariamente para conseguir alimentos, familias viviendo en espacios reducidos, migrantes alojados en viviendas colectivas y personas sin documentación que tenían dificultades para acceder a los programas de asistencia estatal.
La pandemia mostró así una paradoja:
una política sanitaria universal puede dejar de ser universal cuando las condiciones sociales de quienes deben cumplirla son radicalmente diferentes.
Los investigadores identificaron obstáculos que fueron mucho más allá de la disponibilidad de recursos médicos. La falta de vivienda adecuada impedía aislarse; la ausencia de documentación dificultaba acceder a ayudas públicas; las barreras lingüísticas complicaban la comprensión de las recomendaciones sanitarias y la exclusión de determinados grupos alimentaba la desconfianza hacia las instituciones.
El caso de los trabajadores agrícolas migrantes de Lleida, en España, es uno de los ejemplos analizados. Las condiciones de alojamiento y las dificultades administrativas hicieron que algunas de las recomendaciones sanitarias resultaran prácticamente imposibles de cumplir.
La situación se repitió, con diferentes características, en países tan diversos como Estados Unidos, México, Tailandia, India, Indonesia, Laos y Mozambique.
La vacuna también fue una cuestión geopolítica
La desigualdad sanitaria tuvo durante la pandemia otra dimensión fundamental: la distribución internacional de las vacunas.
El desarrollo en tiempo récord de vacunas contra la covid-19 representó uno de los mayores logros científicos de la emergencia. Pero la capacidad científica para producirlas no significó que todos los países pudieran acceder a ellas en las mismas condiciones.
La desigualdad como arma silenciosa de las pandemias
Los países con mayor capacidad económica y poder de negociación tuvieron mayores posibilidades de asegurarse dosis, mientras numerosas naciones de ingresos medios y bajos enfrentaron dificultades para acceder a ellas.
La Comisión NUS–Lancet PRIME intentó medir qué impacto podría tener esa desigualdad en una futura pandemia.
Su modelo plantea un escenario hipotético de pandemia de gripe A y calcula que el rápido desarrollo de vacunas podría reducir las muertes globales aproximadamente un 59%, desde unos 58,5 millones hasta 23,9 millones.
Pero el modelo introduce una segunda variable:
cómo se distribuyen las vacunas.
Una distribución más equitativa, basada en las necesidades y la población y no exclusivamente en la capacidad de compra de cada Estado, podría evitar alrededor de 2,7 millones de muertes adicionales.
El dato tiene una implicación política que excede ampliamente el ámbito sanitario: la cooperación internacional puede convertirse en una herramienta concreta para reducir el impacto de una futura pandemia.
La confianza también salva vidas
Existe otro elemento menos visible, pero igualmente importante: la confianza.
Durante la covid-19, la eficacia de las políticas públicas dependió en gran medida de que la población aceptara las recomendaciones de las autoridades.
La pandemia de la desigualdad: lo que la covid-19 dejó al descubierto
Cuando las instituciones fueron percibidas como distantes, cuando la información no llegó en la lengua adecuada o cuando determinados grupos sintieron que habían sido abandonados, aumentaron las dificultades para implementar las medidas sanitarias.
La experiencia recogida por los investigadores muestra, sin embargo, que las comunidades también fueron capaces de construir soluciones.
Mozambique y Tailandia
En Mozambique, por ejemplo, integrantes de las propias comunidades ayudaron a convencer a otras personas para vacunarse. En Tailandia, organizaciones locales facilitaron el transporte y las citas médicas para personas con discapacidad auditiva.
La conclusión es relevante: las comunidades no deben ser consideradas solamente receptoras de políticas públicas, sino actores de la respuesta sanitaria.
Dos modelos para la próxima pandemia
Uno de los aspectos más interesantes de la investigación es que intenta proyectar distintos escenarios hacia 2035.
El contraste planteado por los investigadores enfrenta, en términos generales, dos modelos.
Por un lado, un escenario en el que los Estados actúan fundamentalmente en función de sus intereses nacionales y compiten por recursos médicos escasos.
Mayor cooperacion internacional
Por otro, un escenario basado en una mayor cooperación internacional, con mecanismos de distribución más equitativos y mayor coordinación.
La experiencia de la covid-19 demuestra que una pandemia no respeta fronteras. Una variante que aparece en un país puede extenderse rápidamente a otros continentes. Una interrupción de las cadenas de suministro puede afectar simultáneamente a numerosos mercados. Y una política de vacunación insuficiente en determinadas regiones puede prolongar la circulación del virus a escala mundial.
En ese contexto,
la seguridad sanitaria de un país depende parcialmente de la seguridad sanitaria de los demás.
Este principio obliga a replantear el concepto tradicional de seguridad internacional. Durante décadas, la seguridad estuvo asociada principalmente a cuestiones militares, fronterizas y estratégicas. La pandemia incorporó con fuerza una dimensión adicional: la capacidad de las sociedades para resistir amenazas sanitarias globales.
El problema que todavía no está resuelto
La preparación para una futura pandemia no consiste únicamente en almacenar vacunas o ampliar las capacidades hospitalarias.
También requiere desarrollar tratamientos, fortalecer los sistemas de salud, mejorar la vigilancia epidemiológica, garantizar mecanismos de protección social y construir canales de información capaces de llegar a comunidades diversas.
Uno de los problemas señalados por los investigadores es precisamente la falta de tratamientos para varias familias de virus consideradas prioritarias por la Organización Mundial de la Salud.
Esto plantea una cuestión fundamental:
la preparación debe comenzar antes de que aparezca la emergencia.
Invertir únicamente cuando surge una epidemia significa llegar tarde. La investigación científica, la infraestructura sanitaria y los mecanismos internacionales de cooperación necesitan continuidad durante los períodos en los que la amenaza parece distante.
De la emergencia sanitaria a una nueva agenda internacional
La principal enseñanza de la covid-19 puede resumirse en una idea sencilla: un virus puede ser biológicamente democrático, pero sus consecuencias sociales no lo son.
La pandemia afectó a sociedades enteras, pero lo hizo de manera profundamente desigual. Quienes tenían una vivienda adecuada, ingresos estables, acceso a servicios sanitarios, conectividad y capacidad para trabajar a distancia contaron con herramientas de protección que otros nunca tuvieron.
Por eso, prepararse para la próxima pandemia implica algo más que mejorar la ciencia. Significa también reducir las vulnerabilidades sociales que transforman una emergencia sanitaria en una catástrofe humanitaria.
La discusión sobre el futuro de la salud global será, inevitablemente, una discusión sobre cooperación internacional, distribución de recursos y confianza institucional.
La pregunta ya no es solamente qué tan rápido podremos desarrollar una vacuna.
La pregunta decisiva será quién podrá recibirla, cuándo podrá hacerlo y si tendrá las condiciones necesarias para protegerse mientras llega.
Si la respuesta vuelve a depender fundamentalmente de la riqueza de cada país o de la posición social de cada individuo, la próxima pandemia podría repetir algunas de las desigualdades que dejó expuestas la covid-19.
En cambio, si la experiencia sirve para construir mecanismos de cooperación más sólidos, sistemas sanitarios más inclusivos y una distribución más equitativa de las herramientas médicas, la próxima emergencia podría encontrar a la comunidad internacional mejor preparada.
La pandemia dejó una advertencia. La desigualdad no es solamente una consecuencia de las crisis: también puede convertirse en uno de sus principales multiplicadores.